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BORRANDO CON EL CODO LO HECHO CON LA MANO

En el Hernán Ramírez Villegas, frente a un Pereira aguerrido pero limitado, Nacional mostró su peor cara. Y eso, más allá del resultado, es lo verdaderamente preocupante.
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Por: Juan Felipe Velásquez.

Todo lo bueno que Atlético Nacional venía insinuando en este inicio de campeonato —la idea ofensiva, algunos destellos de orden táctico, el despertar goleador de sus delanteros, la ilusión que trae cada nuevo comienzo— se evaporó por completo en una sola noche. En el Hernán Ramírez Villegas, frente a un Pereira aguerrido pero limitado, Nacional mostró su peor cara. Y eso, más allá del resultado, es lo verdaderamente preocupante.

Porque una derrota puede explicarse desde múltiples ángulos: una desconcentración puntual, una decisión arbitral polémica, una noche inspirada del rival. Pero lo que vimos en Pereira fue más profundo. Fue un desplome general. Fue la sensación de que todo lo que parecía en construcción se cayó en 90 minutos. Y lo que más duele es que no se trató solo de un bajón futbolístico: fue una derrota de actitud, de carácter, de identidad.

El equipo dio lástima. Así, sin rodeos. No hubo liderazgo, ni rebeldía, ni personalidad. Desde los primeros minutos, Pereira impuso condiciones. No desde la técnica ni desde la posesión, sino desde algo que debería ser innegociable en cualquier equipo grande: las ganas. La convicción. La intensidad.

Las individualidades estuvieron en deuda. Algunas, incluso, borradas del partido desde el pitazo inicial. Pero el problema no fue solo de nombres. Fue también de funcionamiento colectivo. Nacional fue un equipo largo, partido, sin ideas claras en el último tercio y absolutamente vulnerable en defensa. Y cuando eso ocurre, no hay camiseta, escudo ni historia que aguante.

Es hora de decirlo sin eufemismos: hay jugadores que no están para vestir esta camiseta. Jugadores que no entienden lo que significa portar el verde de Nacional. Jugadores a los que se les ha dado tiempo, respaldo, oportunidades… y siguen sin responder. No vamos a entrar en nombres propios. No es necesario. Todos los vimos. Y todos lo sabemos.

Pero no son solo ellos. La responsabilidad también recae en quienes toman decisiones desde el escritorio. En la dirigencia, que ha sido permisiva con un bajo nivel sostenido y que sigue apostando por procesos incompletos, por contratos que se extienden sin méritos, por promesas que no se cumplen.

Y si a eso le sumamos que, a menos de tres semanas del duelo ante São Paulo por Copa Libertadores, el equipo no ha sido reforzado, el panorama se vuelve alarmante. La nómina es corta. Muy corta. Para afrontar una liga colombiana reñida y, además, una Copa continental contra uno de los gigantes de Sudamérica, se necesita más que ilusiones y discursos motivacionales. Se necesitan jugadores. Se necesitan refuerzos de verdad. No apuestas. No incógnitas. Refuerzos con experiencia, con jerarquía, con peso.

La falta de planificación es evidente. Nacional no puede seguir improvisando sobre la marcha. No puede seguir creyendo que con lo justo alcanza. Porque no alcanza. Y no alcanzará. La Copa Libertadores no espera a nadie. Y los errores del pasado reciente —donde se creyó que con poco se podía llegar lejos— ya deberían haber dejado una lección aprendida.

Este partido también evidenció que el equipo no tiene, aún, una estructura mental sólida. Dos expulsiones evitables, producto de la desesperación, del desorden y del mal manejo emocional, terminaron por sepultar cualquier opción de remontar. Y eso también es responsabilidad del cuerpo técnico, que debe trabajar no solo en lo táctico, sino en lo emocional, en la templanza, en la lectura de los momentos del juego.

Es apenas la tercera fecha del campeonato. Nadie puede entrar en pánico. Pero tampoco podemos maquillar lo evidente. Nacional perdió más que tres puntos en Pereira. Perdió credibilidad. Perdió autoridad. Perdió terreno en un torneo que, aunque largo, exige regularidad desde el comienzo. Y sobre todo, perdió la oportunidad de enviar un mensaje de contundencia, de jerarquía, de respeto.

El hincha, como siempre, está. Pero también está cansado. Cansado de ver cómo el equipo se derrumba en partidos claves. Cansado de discursos vacíos. Cansado de ver cómo los rivales nos superan no por talento, sino por ganas. Por actitud. Por hambre. Es momento de tomar decisiones. Firmes. Claras. Valientes. Porque Nacional no puede seguir en piloto automático, esperando que el talento individual nos salve. Nacional necesita orden, jerarquía, y sobre todo, compromiso. Dentro y fuera de la cancha.

Hay tiempo. Pero se acaba rápido. La Copa está a la vuelta de la esquina. Y si no se actúa ya, lo que hoy es una derrota preocupante, mañana puede ser una eliminación vergonzosa. El escudo pesa. La historia exige. Y el hincha no merece menos.

 

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